Etiquetas

Hace ya un tiempo que me cuesta calificar a la gente como “guapa” o “fea”. Algo cambió en algún momento en mi perspectiva, en mi forma de ver el mundo, o tal vez, en ese sentido, volví un poco al origen, a cuando era niña. 

Recuerdo cómo miraba a algunas personas cuando era pequeña, recuerdo algunos momentos de esa etapa en concreto, y sé que esas etiquetas eran algo en lo que no pensaba. Con el tiempo, como, supongo, nos ha pasado a todxs, empecé a tragar cánones sin darme cuenta, cánones que me esclavizaban, y que me han pasado una tremenda factura, sobre todo, en mi forma de verme. 

Sin embargo (y por suerte), en algún momento de mi vida empecé a notar eso, y mi forma de rebelión, supongo, fue intentar pensar fuera del sistema en ese sentido. Mirar a las personas, y ver más allá de los cánones, de las etiquetas que ponemos más comunmente de acuerdo con la complexión de la persona, su lugar de origen, el color de su piel, etc. Y así, los defectos dejaron de serlo, y aparecieron formas de belleza con las que nadie comercia, como la de una media sonrisa, el brillo de una mirada cuando se habla de algo apasionante para unx…

Es impresionante lo que llevamos dentro. Estoy firmemente convencida de que nosotrxs mismxs cambiaríamos por completo nuestra forma de ver las cosas si nos diéramos cuenta de lo que somos capaces. ¿Cómo sería la vida si supiéramos lo mucho que valemos? ¿Pierde su forma habitual el mundo si piensas en la de batallas que ha tenido que afrontar la persona con la que te has cruzado antes por la calle?

Eres una persona única en el mundo, y el resto de personas que te rodean lo son también. Entonces, ¿a quién pretendemos parecernos? ¿Por qué limitarnos existiendo tantas formas de vida posibles como personas? ¿Por qué dividirnos entre guapxs y fexs? ¿Por qué etiquetar lo que es imposible de calificar con una simple palabra, talla o número?

Somos agua, fuego, sueños, arte, fantasías impredecibles, impulsos, voluntad, color, pasión, amor. No sabemos lo que somos capaces de hacer. No sabemos el poder que tenemos, no sabemos que podemos ver belleza donde queramos verla. Sólo hay que mirar distinto. Somos mucho más, siempre.

Tengo una deuda


Tengo una deuda no resuelta con el mar, y es que cada vez que vuelvo a él, siento que algo mucho más fuerte que tú y yo me abraza, y me conecta con algo de lo que nadie puede huir.

Tal vez sea su forma de recortar siluetas de sueños con el sol, o de romper con el mundo con la más sonora de las músicas, arrastrando con él a todo resquicio de vida que intente zafarse de su profundidad. Quizás se trate de su manera de cuestionar la inmensidad de nuestras expectativas con su realidad de horizonte innegable.

Sea lo que sea, y aunque aún no sepa por qué, sé que tengo una deuda con él, por haber sabido hacerme probar la libertad con todas sus letras y con todas sus alas, por haber salado mi sonrisa con esa ley que puede a cualquier ser humano.

A Lucía.

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Hay una flor marchitándose

en algún jarrón olvidado

en algún pedazo de oscuridad inflexible

de algún punto infinito del fondo de tus ojos.

 

Los últimos rayos de sol

se te han escurrido entre los dedos

en tus valientes intentos

de mantener el equilibrio.

 

Ahora, yo cierro los ojos,

y sólo puedo escuchar saliendo

de tu garganta destruida el sonido

de tu risa fúnebre rompiendo contra las olas.

 

Y sé que te estás alzando, lo sé;

lo veo en tu sonrisa de fiesta de repuesto,

esa que esbozas cuando aún

estás intentando construir por dentro la de verdad.

 

Lo veo.

 

¿Hay algo, acaso, que cambiaría yo por esas tardes

de puestas de sol en la calle,

en las que vamos aprendiendo, poco a poco,

a eso que llaman “encajar el golpe”?

 

Ni tus errores, ni tus promesas,

ni tu forma de querer, ni de no hacerlo.

Sólo tú eres tú.

Ojalá lo entiendas.

 

Dócil artista…

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Dócil artista (y qué gran antítesis):

Te escribo esta carta ahora que el tiempo ha dejado de seguir mis pasos, y la edad ya no me conoce; ahora que no quiero hablarte de mí, ni de ti, ni de nada que vayas a considerar relevante, probablemente. De hecho, es la pura certeza de que esto es estúpido lo que me hace saber que es de suma importancia.

Dócil artista, la vida dejó de abrazarnos hace años y ahora nos ha consumido, regurgitándonos, atragantándose con nuestras pasiones y escupiendo un  montón de huesos al suelo. Hemos vivido en nuestras carnes eso de “polvo eres y al polvo volverás”. ¿Y acaso hemos aprendido algo en absoluto?, me pregunto yo. La gente busca la poesía en pantallas y la felicidad en productos, y ahí es donde quiero llegar… Tú no importas en absoluto, ni yo tampoco. “Poesía eres tú”, dijo Bécquer, y en parte, se equivocaba. Porque si él no hubiera sabido interpretar su mirada, y aún más, leerla entre líneas, bailar en su sonrisa al son de una canción africana, patinar imaginariamente por el puente de su nariz, deslizarse en secreto entre sus sueños, crear un universo en cada una de sus pestañas y saber ver las alas que crecían en su espalda, no hubiera podido afirmar eso.

Con esto, no pretendo quitarle mérito a ella, sólo intento decirte que, si tú pasas por su lado y no la miras, la flor sigue siendo una flor, y yo sigo siendo yo, y tú sigues siendo tú. Poesía no eres sólo tú, poesía no es sólo el mundo, poesía es tu conexión con el mundo.

Dejad tú y tu escuadra de poetas de buscar tanto, y simplemente conectad. Ella fluirá, ella vendrá con nosotros, y no nos salvará, pero nos acompañará, que es lo que realmente necesitamos, lo único que no nos destierra a un invierno mineral altamente recomendado para dietas pobres en sodio.

Creo en ello, porque aunque tú probablemente tengas muchas más cosas a las que aferrarte, a mí las cosas ya no me atan ni me liberan lo suficiente, y esto es lo único que me queda.

Ojalá lo descubras, con todo mi cariño.

 

Temblad.

 

lluvia

 

Ojalá os caigáis de la cuerda.

Y con la caída, ojalá se os caigan los planes también, y las expectativas, y los esquemas con esas indicaciones tan precisas sobre qué hacer, cuándo y cómo. Ojalá se os caigan la envidia, los celos, las películas tan idealizadas que, de forma tan humana, se montan en nuestra cabeza sin importar si son realistas o no; ojalá se os caigan las ganas de marcharos y dejar de intentarlo. Ojalá se os caiga la manía de no pensar nunca, ojalá se os caiga la maldita coraza, los refugios falsos, el deseo de gustar continuamente.

Temblad.

Temblad, porque llegan pisando fuerte.

Temblad, porque saben que os escondéis detrás del carnaval tétrico del rebaño, y se os van a caer las máscaras.

Ojalá se os caigan las mentiras, los pretextos, la lógica aplastante, el desprecio y las palabras de humo negro.

Porque cada vez me reafirmo más en mi teoría, y tengo la casi-certeza de que el amor es lo que queda cuando se cae todo lo demás.

 

 

¿Qué?

¿Y qué esperamos entender, si esto es un vaivén?

Una espiral infinita de música, colores, sueños y baches; una masa heterogénea que forma lo que nosotros llamamos “vida”.

¿Qué pretendemos comprender, si esto es un cambio constante?

Si a cada segundo, somos personas distintas… Y hemos viajado en el tiempo, llorado por cosas en las que ayer ni siquiera pensábamos; nos hemos enfrentado a retos sobre los que nadie nos advirtió.

¿Qué ansiamos calcular, si esto es lo que hay?

Un amasijo de imaginación deshilachada, un continuo “viene y va” en el que el ayer, simplemente, se ve cada vez menos nítido, y una cuenta atrás instalada en cada una de nuestras mentes nos grita con fuerza sin importarle quiénes somos, ni de dónde venimos.

¿Qué esperamos encontrarnos, si realmente nadie nos ha asegurado que nuestras expectativas estén siendo pensadas y enfocadas de una manera mínimamente razonable?

Al nacer nadie nos dijo que esto fuera a ser fácil, o difícil, o que fuera a ser nada.

¿Y por qué, por qué aún siendo conscientes de todo esto de una forma u otra, intuyendo que nuestras cadenas -comodidades- son simples espejismos, por qué, por qué, POR QUÉ seguimos preguntándonos por qué no podemos tener una vida normal?

Abismo

Lo saben, o al menos lo presienten
los perdidos en la vida,
los que no sólo respiran
sino que hasta a veces sienten
un arrebato de ira
cuando les callan la mente.

Lo notan, a menudo lo perciben
los expertos en disparar,
los que aún tratan de amar
sin importarles si sirve,
los que aunque intenten olvidar
saben que los recuerdos perviven.

Al borde del abismo, insalvable, indiferente,
se encuentran los amantes de la supuesta mentira
que cuenta que saltar en realidad es de valientes,
y empiezan a extrañar de verdad esa sonrisa…

Esperan un gran vuelco, un giro, un “de repente”
que les diga que el amor se equivocó de víctima;
que les invite a vivir otro final diferente,
que les diga que antes de la muerte sí que hay vida.

Por fin su mente lo procesa,
y empiezan a encontrar matices:
dónde están sus raíces,
quién les hizo esas promesas;
todas las cicatrices
que marcan a los pájaros de sus cabezas.

Por fin encuentran el sentido
a esa increíble fuerza
que les borra la tristeza
y acelera sus latidos;
que por dentro no les silencia,
sino que potencia sus gritos.

Al borde del abismo, insalvable, indiferente,
se encuentran los amantes de la supuesta mentira
que cuenta que saltar en realidad es de valientes,
y empiezan a extrañar de verdad esa sonrisa…

Esperan un gran vuelco, un giro, un “de repente”
que les diga que el amor se equivocó de víctima;
que les invite a vivir otro final diferente,
que les diga que antes de la muerte sí que hay vida.

Y, en el último segundo, a toda velocidad vienen a su mente
centenares de miradas que ahora parecen desconocidas,
los rostros de aquellos que confiaban en que hubiera un puente
que uniera los mundos de los que miraban y los que corrían.

Y en el último segundo, se abandonan a su suerte,
y sí, estoy hablando de esa caída:
la que no me mató, y puede que me hiciera más fuerte,
la que, aunque yo no quisiera, me salvó la vida.