Coleccionando miradas

La primera llevaba a sus espaldas una noche sin dormir, a lomos de un dragón hecho de culpa por un pasado hiriente y severo, pero el amanecer había traído a su ventana un recuerdo feliz del diminuto tamaño de una esperanza, y su alma se desperezaba sonriente con los primeros rayos de sol.

La segunda, aunque su dueña trataba de ocultarlo tras un tupido velo de risa débilmente tejido, gritaba presa del pánico, frustrada, pidiendo ayuda desde el borde de un abismo oscuro.

La tercera brillaba al son de una inquieta emoción contenida que se ha materializado en sonrisa fugaz, golpeando y venciendo todas mis corazas.

El corazón que albergaba la cuarta temblaba de empatía, y me ha enternecido ver que sólo desprendía ternura y compasión.

La quinta hablaba de una persona cuya entrega por su vocación era mucho mayor que su cansancio.

La sexta era una mirada de complicidad, como las otras muchas que hemos compartido, pero me ha sorprendido encontrar por primera vez en ella un destello de cariño que ha reverberado en mi entraña.

La séptima intentaba leerme como yo a ella, y creo que, aunque no hayamos derribado nuestros muros, cada vez estamos más cerca de adivinar el color de los ladrillos.

La octava mentía, sabiendo que yo lo sabía.

A la novena la he atrapado en un precioso ataque de risa, y nos ha encantado compartirlo.

La décima me ha confundido, como habitualmente, y ha sido presa de un acto reflejo que ha obligado a su propietario a apartarla por un instante, pero se ha resistido a ese impulso, y he podido descubrir en ella un inmenso pozo infinito de sueños quijotescos y un cúmulo de historias de amor no resueltas.

Creo que la undécima ha descubierto más de mí que yo de ella.

La duodécima, una vez más, me ha acariciado cuando menos lo merecía, y le he prometido en nuestro particular lenguaje guardar su secreto.

Autoafirmación

Desde la incertidumbre más certera,

desde mi fragilidad,

desde mi resistencia a dejar de ser dócil,

a no intentar gustar siempre,

me gustaría que supieras

que no,

no soy neutral

ni incolora,

no me da igual nada,

la sangre martillea en cada recoveco de mí;
estoy viva,

estoy marcada,

estoy aquí,

estoy.
Desde mi apariencia invisibilizada,

desde la voz inservible

que me habéis dado,

desde mi costumbre a obedecer

de la que tanto me cuesta desapegarme,

contra la que tanto lucho,

quiero recordaros

que soy humana,

que soy de barro,

que soy más que un nombre,
que soy.

Y puede que no juzgue y me equivoque,

y puede que intente comprender a ambas partes,

que mi posición sea cambiante,
así como lo que grito;

que rectifique continuamente,

que se me desafinen los principios,

que no me acuerde del guion y tenga que volver a empezar,

que me siga dando miedo hablar sin saber;

que, a veces, ni yo entienda lo que digo;

que nunca termine de emprender el vuelo;

que no aprenda a abrir el paracaídas,

pero, eh:

soy.
Soy persona, y no me callo.

Soy humana, soy de barro.

Soy más que un nombre,

soy,
y no tiene que importarte

ni que parecerte bien,

y nadie tiene que preguntarme

para que pueda opinar.
Si sólo tienes expectativas, sólo espero decepcionarte.

Etiquetas

Hace ya un tiempo que me cuesta calificar a la gente como “guapa” o “fea”. Algo cambió en algún momento en mi perspectiva, en mi forma de ver el mundo, o tal vez, en ese sentido, volví un poco al origen, a cuando era niña. 

Recuerdo cómo miraba a algunas personas cuando era pequeña, recuerdo algunos momentos de esa etapa en concreto, y sé que esas etiquetas eran algo en lo que no pensaba. Con el tiempo, como, supongo, nos ha pasado a todxs, empecé a tragar cánones sin darme cuenta, cánones que me esclavizaban, y que me han pasado una tremenda factura, sobre todo, en mi forma de verme. 

Sin embargo (y por suerte), en algún momento de mi vida empecé a notar eso, y mi forma de rebelión, supongo, fue intentar pensar fuera del sistema en ese sentido. Mirar a las personas, y ver más allá de los cánones, de las etiquetas que ponemos más comunmente de acuerdo con la complexión de la persona, su lugar de origen, el color de su piel, etc. Y así, los defectos dejaron de serlo, y aparecieron formas de belleza con las que nadie comercia, como la de una media sonrisa, el brillo de una mirada cuando se habla de algo apasionante para unx…

Es impresionante lo que llevamos dentro. Estoy firmemente convencida de que nosotrxs mismxs cambiaríamos por completo nuestra forma de ver las cosas si nos diéramos cuenta de lo que somos capaces. ¿Cómo sería la vida si supiéramos lo mucho que valemos? ¿Pierde su forma habitual el mundo si piensas en la de batallas que ha tenido que afrontar la persona con la que te has cruzado antes por la calle?

Eres una persona única en el mundo, y el resto de personas que te rodean lo son también. Entonces, ¿a quién pretendemos parecernos? ¿Por qué limitarnos existiendo tantas formas de vida posibles como personas? ¿Por qué dividirnos entre guapxs y fexs? ¿Por qué etiquetar lo que es imposible de calificar con una simple palabra, talla o número?

Somos agua, fuego, sueños, arte, fantasías impredecibles, impulsos, voluntad, color, pasión, amor. No sabemos lo que somos capaces de hacer. No sabemos el poder que tenemos, no sabemos que podemos ver belleza donde queramos verla. Sólo hay que mirar distinto. Somos mucho más, siempre.

Tengo una deuda


Tengo una deuda no resuelta con el mar, y es que cada vez que vuelvo a él, siento que algo mucho más fuerte que tú y yo me abraza, y me conecta con algo de lo que nadie puede huir.

Tal vez sea su forma de recortar siluetas de sueños con el sol, o de romper con el mundo con la más sonora de las músicas, arrastrando con él a todo resquicio de vida que intente zafarse de su profundidad. Quizás se trate de su manera de cuestionar la inmensidad de nuestras expectativas con su realidad de horizonte innegable.

Sea lo que sea, y aunque aún no sepa por qué, sé que tengo una deuda con él, por haber sabido hacerme probar la libertad con todas sus letras y con todas sus alas, por haber salado mi sonrisa con esa ley que puede a cualquier ser humano.

A Lucía.

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Hay una flor marchitándose

en algún jarrón olvidado

en algún pedazo de oscuridad inflexible

de algún punto infinito del fondo de tus ojos.

 

Los últimos rayos de sol

se te han escurrido entre los dedos

en tus valientes intentos

de mantener el equilibrio.

 

Ahora, yo cierro los ojos,

y sólo puedo escuchar saliendo

de tu garganta destruida el sonido

de tu risa fúnebre rompiendo contra las olas.

 

Y sé que te estás alzando, lo sé;

lo veo en tu sonrisa de fiesta de repuesto,

esa que esbozas cuando aún

estás intentando construir por dentro la de verdad.

 

Lo veo.

 

¿Hay algo, acaso, que cambiaría yo por esas tardes

de puestas de sol en la calle,

en las que vamos aprendiendo, poco a poco,

a eso que llaman “encajar el golpe”?

 

Ni tus errores, ni tus promesas,

ni tu forma de querer, ni de no hacerlo.

Sólo tú eres tú.

Ojalá lo entiendas.

 

Dócil artista…

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Dócil artista (y qué gran antítesis):

Te escribo esta carta ahora que el tiempo ha dejado de seguir mis pasos, y la edad ya no me conoce; ahora que no quiero hablarte de mí, ni de ti, ni de nada que vayas a considerar relevante, probablemente. De hecho, es la pura certeza de que esto es estúpido lo que me hace saber que es de suma importancia.

Dócil artista, la vida dejó de abrazarnos hace años y ahora nos ha consumido, regurgitándonos, atragantándose con nuestras pasiones y escupiendo un  montón de huesos al suelo. Hemos vivido en nuestras carnes eso de “polvo eres y al polvo volverás”. ¿Y acaso hemos aprendido algo en absoluto?, me pregunto yo. La gente busca la poesía en pantallas y la felicidad en productos, y ahí es donde quiero llegar… Tú no importas en absoluto, ni yo tampoco. “Poesía eres tú”, dijo Bécquer, y en parte, se equivocaba. Porque si él no hubiera sabido interpretar su mirada, y aún más, leerla entre líneas, bailar en su sonrisa al son de una canción africana, patinar imaginariamente por el puente de su nariz, deslizarse en secreto entre sus sueños, crear un universo en cada una de sus pestañas y saber ver las alas que crecían en su espalda, no hubiera podido afirmar eso.

Con esto, no pretendo quitarle mérito a ella, sólo intento decirte que, si tú pasas por su lado y no la miras, la flor sigue siendo una flor, y yo sigo siendo yo, y tú sigues siendo tú. Poesía no eres sólo tú, poesía no es sólo el mundo, poesía es tu conexión con el mundo.

Dejad tú y tu escuadra de poetas de buscar tanto, y simplemente conectad. Ella fluirá, ella vendrá con nosotros, y no nos salvará, pero nos acompañará, que es lo que realmente necesitamos, lo único que no nos destierra a un invierno mineral altamente recomendado para dietas pobres en sodio.

Creo en ello, porque aunque tú probablemente tengas muchas más cosas a las que aferrarte, a mí las cosas ya no me atan ni me liberan lo suficiente, y esto es lo único que me queda.

Ojalá lo descubras, con todo mi cariño.

 

Temblad.

 

lluvia

 

Ojalá os caigáis de la cuerda.

Y con la caída, ojalá se os caigan los planes también, y las expectativas, y los esquemas con esas indicaciones tan precisas sobre qué hacer, cuándo y cómo. Ojalá se os caigan la envidia, los celos, las películas tan idealizadas que, de forma tan humana, se montan en nuestra cabeza sin importar si son realistas o no; ojalá se os caigan las ganas de marcharos y dejar de intentarlo. Ojalá se os caiga la manía de no pensar nunca, ojalá se os caiga la maldita coraza, los refugios falsos, el deseo de gustar continuamente.

Temblad.

Temblad, porque llegan pisando fuerte.

Temblad, porque saben que os escondéis detrás del carnaval tétrico del rebaño, y se os van a caer las máscaras.

Ojalá se os caigan las mentiras, los pretextos, la lógica aplastante, el desprecio y las palabras de humo negro.

Porque cada vez me reafirmo más en mi teoría, y tengo la casi-certeza de que el amor es lo que queda cuando se cae todo lo demás.